¡Salud por el periodista que incomoda al poder!

Salud por el periodista que incomoda al poder, por el periodista irreverente, por el reportero valiente y comprometido. Salud por el periodista que no para de preguntar. Salud por el periodista minucioso, el que corrobora, el que no descansa hasta confirmar el dato preciso. Salud por el periodista que se indigna, que denuncia, que ve en el periodismo una herramienta de lucha contra las injusticias. Salud por el periodista culto, que no se cansa de aprender, que nunca deja de leer, que se quiere comer el mundo. Salud por el periodista incansable, que siempre está detrás de una historia, que no para de escribir. Salud por el periodista ambicioso, el que aspira siempre a contar la mejor historia, y que pelea con sus editores para tener el espacio que esa historia se merece: la portada, con su firma impresa en tinta o en caracteres digitales. Salud por el periodista humano, que sabe que se debe a la gente, porque periodista es gente que le dice a la gente lo que pasa a la gente. Salud por el periodista que se ríe de los poderosos, y aprende de paso a reírse de sí mismo. Salud por el periodista hambriento, que al descubrir una historia la convierte en “su” historia y no la suelta, como los perros nunca sueltan al hueso cuando lo encuentran. Salud por el periodista que se va de copas para celebrar ese pequeño triunfo: la historia publicada después de tantos esfuerzos y obstáculos. Salud por el periodista que rechaza el periodismo aséptico y edulcorante, que tiene alergia de la propaganda y nunca dice que un político o un empresario poderoso es su “amigo”. Salud por el periodista que publica por pasión. Salud por el periodista que no es cínico (porque este oficio no es para los cínicos), y también por el periodista que no esconde una falsa humildad o modestia. Salud por el periodista que no esconde su incapacidad y cobardía tras la patraña de la objetividad. Salud por el periodista honesto. Salud por el periodista que cuida el idioma, porque sabe que este es su “machete”. Salud por el periodista que sabe que en sus manos tiene un arma poderosa (la palabra, la posibilidad de informar) y que la usa para defender lo más preciado que tenemos: la libertad.

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¿Por qué no responde a la tragedia de IRC, Comandante Ortega?

Cortejo fúnebre en Chichigalpa, Nicaragua, de un hombre fallecido por Insuficiencia Renal Cr{onica. Foto: Carlos Herrera.

Cortejo fúnebre en Chichigalpa, Nicaragua, de un hombre fallecido por Insuficiencia Renal Cr{onica. Foto: Carlos Herrera.

La más reciente investigación publicada por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston es la última alerta que el Gobierno de Nicaragua debería escuchar para hacer frente de una vez, y con firmeza, a la mortal epidemia de Insuficiencia Renal Crónica (IRC) que se ha cebado con la vida de más de tres mil personas en el Occidente del país, concretamente en el municipio de Chichigalpa.

Este estudio, por primera vez, establece un vínculo entre la extenuante labor en las plantaciones, las duras condiciones de trabajo, y la disminución en la función normal del riñón entre los obreros que bregan largas jornadas durante el corte de la caña. Hasta ahora esta era una de las hipótesis manejadas por los investigadores, pero no había sido probada. El resultado del estudio –publicado en inglés en la Revista Internacional de Salud Ocupacional y Ambiental– le da parte de la razón a los miles de ex trabajadores de la caña y de los familiares de quienes han muerto por esta enfermedad en Occidente, que desde hace años reclaman la atención de las autoridades y culpan a los ingenios por las pésimas condiciones de trabajo a las que los lanzan durante la temporada de cosecha de la caña. Y que ellos aceptan por estar condenados por la necesidad de un trabajo, de alimentar a sus familias.

Ahora ellos tienen un instrumento científico para argumentar ante el Ejecutivo de Daniel Ortega, que les ha dado la espalda. O peor, que ha respondido a sus justas demandas con plomo, tal y como sucedió en enero de 2014, cuando la Policía Nacional reprimió con dureza una protesta que ex cortadores de caña mantenían en la entrada del Ingenio San Antonio, el mayor productor de azúcar del Occidente de Nicaragua. En esa represión murió Juan de Dios Cortés, de 48 años. En esa represión resultó herido con una bala en la cabeza el niño José Ignacio Balladares Méndez, Nachito, de 14 años, que ahora ha quedado en silla de ruedas, sin poder hablar y con espantosos dolores que no lo dejan descansar.

Es obligación de un gobierno garantizar el bienestar de su gente, y más si ese gobierno se autodenomina “solidario”. El Estado no puede renunciar, frente a poderosos intereses de grandes grupos económicos, a exigir a las empresas que garanticen las condiciones humanas básicas para sus trabajadores. Mientras el comandante Ortega se tomaba fotos en Managua con los representantes del gran capital, entre ellos el patriarca del Grupo Pellas, Carlos Pellas, mientras sellaba el pacto entre ese gran capital y su gobierno “cristiano, socialista y solidario”, en Chichigalpa los hombres seguían muriendo, el cementerio local se llenaba de cadáveres, hombres jóvenes muertos a falta de un riñón. Yo mismo los vi dar sus últimos estertores. Yo vi cómo sus mujeres –indefensas, vulnerables, abandonadas– lloraban sobre sus cadáveres. Yo vi como sus huérfanos temblaban sin entender qué es lo que pasaba. Escuché sus historias desesperadas, su afán de buscar una salida para detener a la muerte, su valentía, las ganas de luchar por lo que consideran justo. Presencié a unas autoridades desconcertadas ante tremenda tragedia, el alcalde del Frente Sandinista en Chichigalpa que, con toda honestidad me dijo que lo único que puede hacer es repartir ataúdes para los fallecidos.

Los resultados de este estudio deben llevar al Gobierno a serias inspecciones en las plantaciones de caña, en las instalaciones de los ingenios azucareros, y exigir a sus dueños que cumplan con la implementación de los derechos de los trabajadores, pero también establecer responsabilidades si no se han cumplido esos derechos. Son más de tres mil muertos por IRC, la mayoría de ellos hombres, muchísimos jóvenes. Hasta ahora Daniel Ortega, su esposa, y su Gabinete se han mostrado indolentes y las autoridades sanitarias han manejado de forma ineficiente este problema. Lo único que he obtenido de ellos es un escandaloso silencio. ¿Qué más esperan para actuar? ¿Cuántos hombres deberían seguir muriendo? ¿Por qué no responde a esta tragedia, Comandante Ortega?

Una voz urgente y necesaria

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera

El anciano encorvado traspasa la puerta de la pequeña iglesia arrastrando los pies. Se sostiene de un bastón para no caer. Su cabello, milagrosamente largo, es tan blanco como el algodón, como el blanco de la camiseta que viste, como el de las nubes que dibujan formas caprichosas en el lienzo azul del cielo tropical. Esta vez esa cabellera no está cubierta por la tradicional boina negra, sino por una gorra blanca que muestra en letras azules la palabra “Nicaragua”. Camina despacio el anciano, raas, raas, suenan sus sandalias al raspar el piso. La iglesia está llena, pero cuando él entra sólo se escucha el silencio. Aquí no hay santos, ni vírgenes, ni cristos crucificados. Pero sí una explosión de color: pescaditos verdes, azules, rojos, amarillos, un cardumen que cubre las paredes del pequeño templo de Solentiname. El poeta y sacerdote se sienta en una esquina del entarimado de la iglesia. No ocupa el centro, como se esperaría. Nada de solemnidades. Y desde esa esquina, con el bastón descansado a un lado, agradece que tanta gente llegue a verlo. Franceses, finlandeses, españoles, japoneses, nicaragüenses. Todos peregrinaron para estar cerca de él, para escucharlo como se escucha a un sabio. Como si fuera un profeta. Y el anciano ríe, muestra sus dientes, y se oye un murmullo que dice: “el poeta no es tan serio como parece”. Ernesto Cardenal abre El evangelio de Solentiname y la misa de Semana Santa comienza con el coro del oleaje del Gran Lago de fondo, con el canto de los pájaros del archipiélago, con el run, run, run de las hojas de los árboles que se baten bajo el intenso sol del trópico.

Ernesto Cardenal cumplió el martes 90 años. Y a pesar del peso del cuerpo que se empequeñece por el duro paso del tiempo, la figura de Cardenal crece, su fama traspasa esa pequeña comunidad de Solentiname que él hizo mundialmente reconocida tanto que es un punto de peregrinación de quienes admiran su poesía, su compromiso político, su voz de resistencia y las mismas fronteras de este país que lo ha inspirado, y por cuya libertad ha luchado desde la trinchera de la literatura. El año pasado recibió en España el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, uno de los más prestigiosos galardones en la literatura de habla hispana. Ernesto Cardenal cumple 90 años a su manera, bajo protesta. “Es muy desagradable tener esta edad. ¡A nadie se lo deseo!”, dice. Y su resistencia al paso del tiempo que odia la muestra trabajando, viajando a Europa, pronunciándose sobre la actualidad de un mundo que día a día lo sigue horrorizando, causando polémica por sus posiciones radicales: De su pluma siguen saliendo duras críticas, contra el Vaticano, contra el régimen de Daniel Ortega en una Nicaragua que, seguramente para su tristeza, vuelve a cometer los errores del pasado.

Cardneal es un poeta comprometido, como lo ha demostrado en su extensa obra, como los “Salmos”, hermosísimos poemas que descubren el profundo amor cristiano del poeta, sus compromiso con la fe, pero también con la obligación de pronunciarse contra las injusticias y la opresión. Son, en cierta forma, también poemas irreverentes y revolucionarios, que representan la reescritura que ha hecho Cardenal de los salmos bíblicos, su propia interpretación de ellos, un lamento lírico contra la maldad que somos capaces de crear los seres humanos:

Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Soy una caricatura de hombre
el desprecio del pueblo
Se burlan de mí en todos los periódicos
Me rodean los tanques blindados
estoy apuntado por las ametralladoras
y cercado de alambradas
las alambradas electrizadas
Todo el día me pasan lista
Me tatuaron un número
Me han fotografiado entre las alambradas
y se pueden contar como en una radiografía todos mis huesos
Me han quitado toda identificación
Me han llevado desnudo a la cámara de gas
y se repartieron mis ropas y mis zapatos

Cardenal sigue yendo a Solentiname, su refugio tropical, donde cuenta con una rústica cabaña humildemente amoblada, levantada en la cima de una colina, con una vista hermosa hacia un paisaje tropical de cielo azul, aguas verdosas y pájaros de colores. Ahí lee las obras completas de Rubén Darío. Sigue dirigiendo la misa de su Evangelio. E inspirándose para producir la poesía y la literatura que lo han inscrito como uno de los grandes poetas de la América que habla español. Una voz urgente y necesaria, la voz moral de un país que no rompe con los errores de su historia.

(Fragmento del reportaje “El poeta innovador”, publicado en la revista Confidencial, de Managua).