Sopita para el alma en San Valentín

I-like-you_3271277Doy un sorbo a mi café antes de comenzar a escribir. El líquido amargo, espeso, resbala por mi garganta y me da una sensación agradable. Cierro los ojos y siento su calor calentándome. Es el día previo a San Valentín y estoy solo con mi perro. Al lado de la computadora tengo Astrid y Veronika (Salamandra), la novela de Linda Olsson. Un libro peculiar. Uno pensaría que se trata de literatura ligera, y sí lo es. Pero no como se entienden las novelas para leer en el metro o las súper ventas románticas. Este libro es distinto. ¿Es cierto eso de que uno llama a la literatura? ¿De que llega a tu vida cuando la necesitás? Al menos yo lo veo así. Para mí la literatura siempre ha sido un refugio. Un mundo en el que me puedo sumergir para olvidar las nimiedades y mediocridades del otro, del “real”. Astrid y Veronika llegó a mi vida en un momento de mucha necesidad. ¿Cómo explicarlo? Haré el intento, hoy que es víspera de San Valentín.

Hace casi un año terminé una relación que duró algo más de tres. Fue una ruptura repentina, atizada por la distancia. Unos meses antes quien era mi paraje se fue muy lejos y, aunque de forma infantil pensé que la distancia no sería un obstáculo, es obvio que me equivoqué. El día que lo vi partir era una fresca mañana de enero, con un cielo claro lleno de resplandores tropicales. Era como el día perfecto para meterse en las frescas aguas de las playas de Rivas, en las costas del Pacífico sur de Nicaragua, y no de estar allí, en esa fría sala del Aeropuerto, diciendo adiós, con un sinfín de emociones apoderándose de mi. Mientras los minutos pasaban y las voces que anunciaban vuelos que salían y llegaban me martilleaban la cabeza, veía que el mundo se me volvía pies arriba. Las preguntas se atropellaban en mi cabeza. ¿Es el fin? ¿Ahora qué? ¿Cómo podré meterme solo en ese apartamento? ¿Qué pasará los fines de semana? ¿Qué haré en las noches, cenando solo? ¿Y cuando haga la compra, cómo sobreviviré? Me eché a llorar. Me había jurado que no lo haría, pero no pude cumplir ese juramento. La despedida fue dura. Mucho. El dolor en el pecho, la dificultad para respirar, ese vacío abierto en mi estómago. Algo en mí, muy adentro, me decía que llegaba al final de una etapa en mi vida. Era una pérdida. Y las pérdidas duelen. Cuando perdés algo que amás se llora. Y punto.

Meses más tarde, a pesar de los esfuerzos, llegó la convicción de que todo había terminado. Me subí entonces en una nube de dudas, de esperanzas y de desilusiones. Pero sobre todo de incertidumbre. De miedo hacia la vida. Miedo a no recuperar lo que se fue. Miedo a nuevas pérdidas. Y entonces, tras un año de lo que yo llamaría “duelo” por lo perdido (no sólo me refiero a él, si no a lo que se fue con él: la playa solo para los dos bajo un cielo limpio de nubes, cargado de brillantes estrellas; las noches acurrucados en el sofá, con el viento soplando la terraza, con la dulzura púrpura del vino y la plática y la música; las mañanas cuando al despertarse gritaba mi nombre, buscándome, e iba y me echaba a su lado y lo abrazaba; los momentos en la cocina, viéndolo preparar la cena; los minutos cuando lo observaba arreglándose antes del trabajo, la parsimonia con que lo hacía, su pecho limpio recibiendo la fragancia del perfume; su cuello que olisqueaba en las tardes, reconociendo su olor; sus llamadas a mitad de la mañana, su voz serena preguntándome qué tal; los libros comentados entre sorbos de gin tonic; las discusiones sobre política; el mundo de placeres que compartimos juntos; la certeza de que el amor jamás se acabaría…) llegó este libro a mi vida. Desde que lo abrí y leí los primeros párrafos supe que sería un libro importante. Es sobre la pérdida, sobre el amor, sobre la soledad, sobre el encuentro de la amistad, sobre el sentido de la vida, sobre la felicidad.

Veronika perdió a su novio, al que amaba. Se ahogó un día en el que ambos habían decidido pasar en la playa. Fue en Nueva Zelanda. Entonces ella regresó a Suecia y decidió recluirse del mundo en el norte, en un pueblo de rojo ladrillo, gris, con el humo de las chimeneas de las casas cerradas como único signo de vida. En una casa de madera a las afueras de ese pueblo, sola, frente a un campo nevado, rodeada de un bosque, decidió que era el lugar perfecto para gemir su dolor. Pero no contaba con una jugada de la vida. A la par otra casa, más fría, más sola, más vieja que la suya. En ella habitaba Astrid, una anciana solitaria, amante de la oscuridad, de quien no se sabía nada, a quien el pueblo apodaba “la bruja”. Ambas mujeres se encontraron en su soledad. Se hicieron amigas. Y descubrieron que la vida no es tan pesada como parece. Comenzaron un viaje de búsqueda, de entender la soledad. En largas jornadas cenando, largos paseos por el bosque, pláticas en el porche de la casa de la anciana, ambas compartían sus dolores. El novio muerto, el vacío, la incertidumbre; la hija que Astrid tuvo que sacrificar para que no sufriera como ella lo había hecho, el peso de una vida en reclusión. “Me ayudaste a ver que esas penas también eran amor, risa y alegría, que debemos aceptarlas de buen grado y que nos acompañarán para siempre”, le dice Veronika a una anciana, Astrid, ya ausente, mientras lee la última carta que le escribió. Y en esa carta Astrid le dice:

“El amor nos llega sin avisar, y una vez se nos entrega nunca pueden arrebatárnoslo. Debemos recordarlo. Jamás puede perderse. El amor no puede medirse. No puede contarse en años, minutos o segundos, ni en kilos o gramos. Ni puede cuantificarse de ninguna manera. Tampoco puede compararse un amor con otro. Sencillamente existe. Hasta el roce más sutil y fugaz con el amor verdadero puede bastarte toda una vida. Debemos recordarlo siempre… ¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! Eso es lo que significa la vida en realidad. Debemos buscar la felicidad. Nadie ha vivido nuestra vida; no existen pautas. Confía en tu instinto. Acepta sólo lo mejor. Pero debes buscar con cuidado. No permitas que se te escurra entre los dedos. A veces las cosas buenas llegan a nosotros sin hacerse notar. Y no hay nada que nos llegue completo. El resultado vendrá determinado por lo que hagamos con aquello que encontremos. Lo que elijamos ver, lo que elijamos conservar. Y también lo que elijamos recordar. Nunca olvides que todo el amor de tu vida está dentro de ti, y siempre lo estará. Nunca podrán quitártelo”.

Mientras leía las historias de Astrid y Veronika siempre sentía una especie de alivio. Hay momentos en la vida en los que los humanos nos sentimos perdidos. Cuando uno se enfrenta a una ruptura –en este caso romántica, aunque también puede tratarse de la muerte de un ser amado, de una mascota, de la pérdida del trabajo, de una desilusión profesional–, buscás soluciones dramáticas: algún psicólogo, calmantes, antidepresivos, citas por Grindr, Tinder, exponer tu miseria en Facebook, arruinar la vida de tus amigos contándoles una y otra vez lo desgraciado que sos, alejarte del mundo, comer todo lo que no comerías normalmente, pelearte con la gente porque ellos son felices, sexo fugaz bajo la filosofía de que un clavo saca a otro, mentiras a uno mismo, engaños a otros, alcohol… Porque sí te sentís miserable, porque te enfrentas a un difícil proceso: rabia, angustia, ansiedad, vacío, miedo. Unos lo manejan mejor que otros, pero a todos nos duele. Esos sentimientos se apoderan de vos y sosegarlos, aquietar esos demonios, es un trabajo difícil. Porque la vida es difícil. A nadie le dan indicaciones de cómo vivir. Lo hacemos por instinto, creo. Y lo hacemos lo mejor que podemos, creo.  Uno sería capaz de comprar mañana mismo un pasaje al otro lado del mundo para ir detrás de quien se fue. Pero eso es ser egoísta. Y es sufrir en vano. La literatura nos enseña un camino, si nos entregamos sinceramente a ella, abiertos a sentir lo que nos regala. Tanta tinta impresa con historias que otros han sufrido, o tal vez solo imaginado, pero que nos ayudan a entender que este es un viaje hermoso y que a pesar de todo lo sufrido está el hecho de que podés confesar que lo has vivido. El tiempo lo cura todo, sí. Tal vez pasarán varios meses, un par de años, pero la herida se cierra. ¡Qué el tiempo lo diga! Pero hay que ayudarlo. Hay que aceptar el hecho de estar solo. Hay que dar paseos solo. Hay que alejarse. Hay que centrarse en lo que te gusta. Hay que pensar que compartir cosas es lindo, pero saber también que ahora tenés el tiempo y el espacio para hacer todo aquello que te gusta. Hay que abrirse a la amistad con gente extraña. Hay que planificar viajes. Hay que preparar una cena para uno, con una sola copa en la mesa, pero disfrutar con intensidad la dulzura púrpura del vino. Hay que sentirse hermoso y presentarse al mundo con ese sentimiento. Flirtear con la vida, conocer gente, hasta que la historia comience de nuevo y uno se sienta fortalecido para seguir y para querer. Porque querer lame las heridas que ha dejado el vacío. Astrid y Veronika lo comprendieron. Y mientras las leía, lo entendí. Gracias, Linda Olsson, por este libro. Ha sido como sopita para el alma.

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