La Curacao y la cocina que no llegó

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El pasado 3 de marzo visité la tienda La Curacao localizada en el Centro Comercial Managua para comprar una cocina. Después de ver varios modelos me decanté por una con el código EMG6130GIS0, que compré a un pago de contado de 7,699 córdobas. La dependienta de la tienda, una joven sencilla y muy amable, me dijo que la cocina no podía entregármela el mismo día, pero que estaría en mi casa a partir de las 12:00 A.M. del día siguiente. Hasta ahí se había cerrado de forma satisfactoria una transacción comercial, como las millones que ocurren alrededor del mundo en los países capitalistas: voy a una tienda, elijo un producto que me satisfaga y, tratando de ser paciente, acepto el hecho de que lo tendré en mi casa 24 horas después.

El día 4 salí de mi trabajo poco antes del mediodía para esperar la cocina y su instalación. Una hora después el producto no había llegado, por lo que llamé a la dependiente sencilla y amable para preguntarle si había algún problema. Me respondió que los repartidores estaban “en la ruta” y que pronto llegarían a mi casa. Una hora después la concina todavía no llegaba, por lo que volví a insistir con la dependienta. Me dijo que se comunicaría con los repartidores y que me llamaría. Minutos después, como no lo hizo, volví a llamar, pero esta vez la respuesta fue que “se le cortó la llamada” cuando intentaba comunicarse con ellos, pero que intentaría de nuevo. Pasaron unos cinco minutos y marqué nuevamente. La vendedora me dijo que los repartidores estaban cerca de mi casa y que “ya” entregarían la cocina. No fue así. Perdí dos horas y media de trabajo esperando la cocina que hacía 24 horas había comprado de contado. Le dije que debía regresar a mi trabajo, pero que por favor garantizara que me la entregaran al final del día, lo que tampoco sucedió. Esperé durante una hora en casa a que llegara. Entonces marqué nuevamente y lo que sucedió fue inaudito, el mejor ejemplo de la ineficiencia con la que el sector privado trabaja en Nicaragua, además de una indolencia sobre los derechos del consumidor.

Le dije a la vendedora que ya habían pasado más de 24 horas desde la compra y que ellos no habían cumplido. Le pedí que me comunicara con su superiora, porque quería hacer un reclamo formal. La pobre muchacha, con voz temblorosa, se acercó, sin dejar el teléfono, a su superiora y tuve la mala pasada de escuchar a esta mujer maltratando a su subordinada y asegurándole que no quería hablar conmigo. Me enfurecí. Fui hasta la tienda La Curacao en el Centro Comercial Managua y exigí que, o me entregaban la cocina o me devolvían mi dinero. Pasé de persona en persona buscando una respuesta, todas incapaces de responder a la demanda de un cliente insatisfecho. Entonces pedí hablar con la gerente, pero nadie se atrevía a comunicarme con ella, por lo que pregunté cuál era su oficina. Entré y encontré a una mujer joven que arreglaba su cartera a punto de dejar su día laboral. Le expliqué mi situación y le dije que me diera una respuesta. La mujer, mientras se arreglaba las uñas, me dijo que la cocina iba ser entregada al día siguiente ¡48 horas después de la compra! Y que si quería mi dinero, debería esperar ¡siete días! por transacciones bancarias. Le reclamé que estaban violando un acuerdo comercial, que me sentía un cliente pisoteado por la ineficiencia de una empresa que se vende como seria, y humillado por la actitud de una mujer que, fuera de mostrar cordialidad e interés por resolver un problema que afectaría la imagen del lugar en el que trabaja, se mostraba indiferente y hasta altanera. Y mientras yo le explicaba que no podía dejar pasar lo que consideraba un atropello, esta joven contestaba una llamada por su celular y se puso a conversar con su interlocutor. ¡Deja a un cliente sin respuesta! ¡Inaudito! Le dije que exigía una respuesta inmediata o de lo contrario haría una denuncia frente al organismo que defiende los derechos de los consumidores. “Haga lo que quiera”, fue su respuesta. Como amenacé con no irme de su oficina ya por una postura más política –no dejar pasar un atropello como ese para que no se repita– bajo un poco el tono y explicó que pagaría un transporte “especial” para que llevaran la cocina, pero que se lo cobraría a su subordinada, a la que le echaba la culpa de lo sucedido. La gerente de una empresa comercial, incapaz de solucionar una crisis, escondía su ineficiencia detrás de una pobre empleada. ¿Cómo pueden contratar a esta gente en empresas como La Caracao? ¿Cómo puede ser que no estén capacitados para responder a las demandas insatisfechas de sus clientes? ¿O es que la gente en este país está acostumbrada a que la pisoteen?

Estoy cansado de estos atropellos. En Nicaragua el cliente nunca tiene la razón. Las empresas, con una gran sonrisa, esperan tu dinero, pero si el cliente denuncia insatisfacción por el producto o el servicio, se enfrenta a un calvario, por lo que muchos desisten, se quedan callados. ¿Cómo puede desarrollarse un país de esta manera? ¿Cómo puede ser que el sector privado funciona de la misma forma lenta, perezosa, chambona e incapaz como el sector público? ¿Y quién me da respuesta?

Ni siquiera pedir una explicación a través de las redes sociales sirvió. Los que atienden ahí dijeron que “uno de nuestros ejecutivos se estará comunicando con usted” y cerraron con un descarado “estamos para servirle”, pero la llamada no se dio. Y ni intente llamar al número de atención al cliente de la Guía, porque allá nadie contesta. Nadie responde. Nadie en La Curacao es capaz de decir por qué, más de 24 horas después de pagada al contado una cocina, ésta todavía no está en mi casa.

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