Una voz urgente y necesaria

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera

El anciano encorvado traspasa la puerta de la pequeña iglesia arrastrando los pies. Se sostiene de un bastón para no caer. Su cabello, milagrosamente largo, es tan blanco como el algodón, como el blanco de la camiseta que viste, como el de las nubes que dibujan formas caprichosas en el lienzo azul del cielo tropical. Esta vez esa cabellera no está cubierta por la tradicional boina negra, sino por una gorra blanca que muestra en letras azules la palabra “Nicaragua”. Camina despacio el anciano, raas, raas, suenan sus sandalias al raspar el piso. La iglesia está llena, pero cuando él entra sólo se escucha el silencio. Aquí no hay santos, ni vírgenes, ni cristos crucificados. Pero sí una explosión de color: pescaditos verdes, azules, rojos, amarillos, un cardumen que cubre las paredes del pequeño templo de Solentiname. El poeta y sacerdote se sienta en una esquina del entarimado de la iglesia. No ocupa el centro, como se esperaría. Nada de solemnidades. Y desde esa esquina, con el bastón descansado a un lado, agradece que tanta gente llegue a verlo. Franceses, finlandeses, españoles, japoneses, nicaragüenses. Todos peregrinaron para estar cerca de él, para escucharlo como se escucha a un sabio. Como si fuera un profeta. Y el anciano ríe, muestra sus dientes, y se oye un murmullo que dice: “el poeta no es tan serio como parece”. Ernesto Cardenal abre El evangelio de Solentiname y la misa de Semana Santa comienza con el coro del oleaje del Gran Lago de fondo, con el canto de los pájaros del archipiélago, con el run, run, run de las hojas de los árboles que se baten bajo el intenso sol del trópico.

Ernesto Cardenal cumplió el martes 90 años. Y a pesar del peso del cuerpo que se empequeñece por el duro paso del tiempo, la figura de Cardenal crece, su fama traspasa esa pequeña comunidad de Solentiname que él hizo mundialmente reconocida tanto que es un punto de peregrinación de quienes admiran su poesía, su compromiso político, su voz de resistencia y las mismas fronteras de este país que lo ha inspirado, y por cuya libertad ha luchado desde la trinchera de la literatura. El año pasado recibió en España el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, uno de los más prestigiosos galardones en la literatura de habla hispana. Ernesto Cardenal cumple 90 años a su manera, bajo protesta. “Es muy desagradable tener esta edad. ¡A nadie se lo deseo!”, dice. Y su resistencia al paso del tiempo que odia la muestra trabajando, viajando a Europa, pronunciándose sobre la actualidad de un mundo que día a día lo sigue horrorizando, causando polémica por sus posiciones radicales: De su pluma siguen saliendo duras críticas, contra el Vaticano, contra el régimen de Daniel Ortega en una Nicaragua que, seguramente para su tristeza, vuelve a cometer los errores del pasado.

Cardneal es un poeta comprometido, como lo ha demostrado en su extensa obra, como los “Salmos”, hermosísimos poemas que descubren el profundo amor cristiano del poeta, sus compromiso con la fe, pero también con la obligación de pronunciarse contra las injusticias y la opresión. Son, en cierta forma, también poemas irreverentes y revolucionarios, que representan la reescritura que ha hecho Cardenal de los salmos bíblicos, su propia interpretación de ellos, un lamento lírico contra la maldad que somos capaces de crear los seres humanos:

Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Soy una caricatura de hombre
el desprecio del pueblo
Se burlan de mí en todos los periódicos
Me rodean los tanques blindados
estoy apuntado por las ametralladoras
y cercado de alambradas
las alambradas electrizadas
Todo el día me pasan lista
Me tatuaron un número
Me han fotografiado entre las alambradas
y se pueden contar como en una radiografía todos mis huesos
Me han quitado toda identificación
Me han llevado desnudo a la cámara de gas
y se repartieron mis ropas y mis zapatos

Cardenal sigue yendo a Solentiname, su refugio tropical, donde cuenta con una rústica cabaña humildemente amoblada, levantada en la cima de una colina, con una vista hermosa hacia un paisaje tropical de cielo azul, aguas verdosas y pájaros de colores. Ahí lee las obras completas de Rubén Darío. Sigue dirigiendo la misa de su Evangelio. E inspirándose para producir la poesía y la literatura que lo han inscrito como uno de los grandes poetas de la América que habla español. Una voz urgente y necesaria, la voz moral de un país que no rompe con los errores de su historia.

(Fragmento del reportaje “El poeta innovador”, publicado en la revista Confidencial, de Managua).

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