Un viaje en el que no estás solo

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Me quedaré solo como los veleros
en los puertos silenciosos.
Pero te poseeré más que nadie
porque podré irme
y todos los lamentos del mar,
del viento, del cielo, de las aves,
de las estrellas, serán tu voz presente,
tu voz ausente, tu voz sosegada.

Ausencia, Vinicius de Moraes

El sol entraba tímidamente, un rayo naranja reflejándose en el cuadro de jirafas colgado en la pared, que cubría la caja de los interruptores eléctricos. Allá afuera la vida ya estaba en pie, las aves trinaban agradeciendo el día, los carros comenzaban a circular por la avenida, haciendo chirriar las llantas contra el asfalto. La vecina de al lado cumplía con su manía diaria de regar las plantas del porche con una su manguera verde, vestida aún con camisón y el pelo cano sujeto en una cola de caballo. La temperatura comenzaba a subir, pero yo seguía tumbado en la cama, recién despertado, con el pecho abrazado a una almohada. La noche anterior apenas había dormido y fue gracias a una gotas para el sueño que pude descansar unas horas. Ahora, despierto, me preguntaba qué pasaba conmigo, qué error había cometido. No quería levantarme de la cama, no quería salir al mundo. Lo único que deseaba era estar tumbado, edredón encima. Los pensamientos taladraban mi cabeza y en el pecho un dolor enorme, como un ahogo. Los rayos del sol aumentaban su intensidad e iluminaban la habitación, penetrando a través de la cortina. El cuerpo me pasaba dentro del edredón.

La cama era un refugio seguro. El mundo una gran incógnita. Lloraba sin motivo alguno. Me ahogaba. Un grito se enredaba en mi garganta. Y pensaba que era la persona más miserable del mundo. Entonces pensé que había algo malo que me estaba afectando, una enfermedad tal vez. Y tomé la decisión de visitar un médico. El diagnóstico fue depresión. Y la verdad es que me asusté. Sabía que estas cosas pueden terminar mal, como ya había sucedido con un ser muy querido en mi familia. Entonces decidí aceptar que estaba enfermo y que necesitaba curar esa enfermedad. Combatir los fantasmas que nublaban mi cabeza, llenar el vacío que me perseguía a todos lados, superar la nostalgia y la melancolía. Buscar la felicidad. Cuando uno está enfermo de depresión nada de lo que ha logrado cuenta. Se revuelve en un charco de miseria, sintiéndose una cucaracha. Esto es algo que se va acumulando con el tiempo, tal vez por traumas de la niñez o la primera juventud, por problemas familiares, por heridas que no cerraron. Y puede ser que una situación violenta lo desate más tarde, como en mi caso. Puede tratarse de una repentina ruptura amorosa, la pérdida de un familiar, un amigo querido que se fue, la muerte de una mascota. Lo cierto es que el dolor que sentís por esas pérdidas, que la mayoría de personas sufren en su tiempo pero lo curan de forma, por decirlo así, “fácil”, para una persona enferma de depresión se vuelve una tormenta terrible, en la que te ves atrapado y sin salida. El mundo no tiene sentido, vivir no tiene sentido, el trabajo es una carga. Y todo lo logrado no vale de nada. A pesar de que vivis, de que tenés amigos, de que sos un profesional de éxito… A lo que te aferrás es a la miseria que sentís dentro. Y esa vorágine de sentimientos, esos fantasmas que te anclan en la oscuridad, esos miedos a la vida pueden tornarse peligros y en muchos casos llevarte a tomar decisiones terribles, como hacerte daño, como el suicidio.

Aquella mañana terrible en la que el mundo despertada a mi alrededor y yo sólo quería desaparecer, me llené de valor y decidí tomar las riendas de mi vida. Que lo que sentía no me dominara, a pesar de tanto sufrimiento. Y desde entonces ha comenzado un viaje que ha tenido altos y bajos, pero del que he aprendido algunas cosas que quiero compartir, por si pueden servir a otros.

Aceptar que estás enfermo. Es un paso difícil, pero es el más importante. La depresión es una enfermedad y si no se trata puede tener consecuencias terribles. No es suficiente con pensar que es algo pasajero, que con el tiempo se va a curar, que son “locuras” de tu cabeza. Sí, estás enfermo y como toda enfermedad necesitas ayuda para curarte.

Buscar ayuda médica. El segundo paso es consultar a un doctor. Yo fui a un médico muy bueno, un internista, que me hizo varios exámenes para determinar mi estado de salud físico. En todos salí bien, así es que ahí estaba una buena noticia: mi estado físico era el de una máquina bien aceitada. Pero seguía sufriendo. Entonces decidí que era la hora de consultar a un especialista. Fui donde un médico que me prescribió medicina para combatir la depresión y que me diagnóstico un estado de bipolaridad. Me asusté, claro. Me dijo que en este tipo de enfermedades hay un abanico de casos: desde el extremo de personas que deben ser hospitalizadas, hasta aquellos que terminan optando por el suicidio. Me dijo que yo estaba en el medio, un caso clínico del que podría salir siguiendo un tratamiento y con la ayuda médica oportuna.

La literatura nos salva. Las consultas de este doctor, además de poder liberarme conversando sobre mis problemas, también se convirtieron en un viaje literario. El primer día salí con la recomendación de leer El olvido que seremos, el hermosísimo libro de Héctor Abad Faciolince que ya había leído y cuando lo hice me removió todo por dentro. En la segunda consulta la prescripción fue La conquista de la felicidad, del Nobel de Literatura británico Bertrand Russell, un viaje filosófico sobre las causas de la infelicidad en el mundo. Más tarde la recomendación fue La vida vivida, la hermosa antología de poemas de Vinicius de Moraes. Y en la última visita he salido con la orden de devorar La carta al padre, de Franz Kafka. La lectura de estos libros me ha ayudado mucho, no sólo porque me distraen de mis problemas, sino porque tienen mensajes que te ayudan a ver la vida de otra manera, a reencontrarte con lo bonito. Son una pequeña inyección al cerebro para espantar los fantasmas.

Abrirse a otras opciones. Además de mantener mis consultas con el médico también he leído mucho sobre el tema, tratando de entender esta enfermedad. Internet es una maravilla porque hay una serie de artículos muy buenos, aunque hay que saber buscar. También hay secciones en los diarios sobre sicología, lo que te ayuda no sólo a entender tus estados de ánimo, sino como salir adelante. El País, el diario con el que colaboro desde hace casi siete años, tiene una muy buena. Además, he buscado a otros expertos, que desarrollan terapias “alternativas”, no basadas en medicamentos. Fui donde una naturista que, además de mimarme con unos masajes orgásmicos, también me recomendó infusiones, comida sana, cambiar mi estilo de vida. Y más tarde me encontré con la sicóloga Martha Cabrera, quien desarrolla en Nicaragua las llamadas “constelaciones familiares”, una terapia basada en la idea de que las heridas abiertas en tu familia, los sufrimientos de tus padres, influyen de manera negativa en tu vida y te impiden vivirla a plenitud. Ella ha desarrollado una serie de talleres y encuentros con jóvenes con muy buenos resultados. La consulta con Martha me ayudó mucho, para entender que en mi interior guardaba resentimientos que debía sacar.

La música como terapia. Sí, lo admito. Tuvo que pasar una ruptura amorosa para entender que estaba enfermo. Ahora comprendo que no estaba sano para desarrollar relaciones adultas, a pesar de mi esfuerzo de entrega y mis ganas de dar cariño. Lo hice en esa mi última relación. Intenté darle a esa persona todo lo que tenía en mí, abrirme a sentir, ayudarla a que entendiera que era alguien valioso, importante, y un talento inmenso que tenía que explotar. Le ayudé a abrirse puertas y a aprovecharlas. Pero más tarde me di cuenta que me aferraba a una relación que no era sana, que me torturaba y que me hacía absolutamente dependiente. Entonces se dio la ruptura. Y el sufrimiento fue terrible. Un terremoto que me puso el mundo de cabeza. Y me llevó a hacer cosas que una persona en un estado menos vulnerable posiblemente no habría hecho. Y entonces comprendí que estaba enfermo. Y busqué la ayuda que ya comenté, pero también, además de la literatura, me aferré a la música. En esa maravilla que es Spotify encontré letras que me ensañaron a perdonar, a salir adelante, a vivir, a sonreír, a cantar a todo pulmón, a bailar y amarme y amar la vida. Natalia Lafourcade ha sido parte de mi terapia. Ella dice, simplemente, no más llorar:

Llorar te libera. ¡Cuánto bien te hace llorar por todos los duelos que cargas! Llorar, entregarte a las lágrimas sin restricciones, sin pena, te ayuda mucho. Es una catarsis necesaria, que te libera, que te permite sacar todo lo negativo que guardas, que te renueva. Llorar es importante.

La playa, la naturaleza, te renueva. Y llorar en un lugar hermoso, al aire libre, te ayuda más. Mi lugar favorito en Nicaragua es playa El Coco, en las costas del Pacífico sur del país. Fui un fin de semana y caminé y corrí de punta a punta en la costa, andando y desandando la bahía. Y mientras caminaba bajo el sol tropical, con la brisa en mi cara, con el sonido hermoso de las olas reventándose cerca de mí, lloré. Sí creo en la energía de la naturaleza y pedí lo mejor de esa energía para mí. Perdoné a las personas que de alguna manera me han dañado desde mi infancia hasta mi edad adulta. Les agradecí a otros por haber aparecido en mi vida y los despedí como se despide a un ser amado que ha fallecido. Decidí llorar mis lutos, pero también decirles adiós. Y tomé piedras de la playa por cada uno de mis dolores, las basé y las arrojé al mar, diciéndoles adiós, que el mar se los llevara lejos. Al caer la tarde, al ver la hermosura del sol convertido en un gran disco naranja desaparecer en el horizonte, me sentía mucho mejor.

11232076_10205706200427612_340717597200565936_nLos amigos, compañeros de viaje. Estoy muy agradecido a los amigos que tengo. Cuando los fantasmas, los dolores, el ahogo, la nostalgia tocan a mi cabeza, los llamo y me escuchan, no me dejan solo, me hacen reír, me dan chocolates, se sientan a mi lado, me abrazan, me sacan de paseo, me miman. Pero sobre todo me escuchan. Puedo pasar horas hablándoles de mí, sacando el sufrimiento y están ahí, firmes, escuchándome. El agradecimiento hacia ellos es inmenso, porque me están salvando. Busquen a los amigos, no se encierren, ellos los entenderán y ayudarán.

La cocina, el lugar donde se es feliz. He aprendido que cocinar para los demás me hace muy feliz. Inventar recetas, jugar con los ingredientes, elegir el pescado en el supermercado. No hay nada más liberador que partir verduras, que hornear salmones, que condimentar las sopas. Y cocino mientras escucho música y canto a grito suelto: Chavela Vargas, Natalia Lafourcade, Amy Winehouse, Agustín Lara… Y no sólo puede ser la cocina, también el baile, la pintura, aprender música. Todo lo que permita ocupar tu mente, pero también compartir con los demás.

10423927_10205699377937054_851252816035634680_nEvitar el escape fácil. Las drogas, el sexo de una noche repetido obsesivamente con gente desconocida, el licor. Todo lo que te hace mal sólo te hunde más en tu enfermedad. Y no ayuda. Es tentador y podés caer, pero es importante saber que te hace daño. Es un escape momentáneo del que salís miserable. Evitarlo es lo importante. Y para eso, repito, están los amigos y aficiones sanas como la cocina.

Viajar. Es abrirse al mundo. Nada más emocionante que conocer lugares nuevos, encontrase con gente nueva, que no conoce tu pasado y con quienes de alguna manera podés comenzar de nuevo. Tal vez no haya dinero para ir a Praga, pero sí para las playas, montañas, ciudades coloniales de tu país. Viajar es vencer prejuicios y te convierte en una persona más culta y feliz.

Escribir. A mí me encanta –si no miren todo esto que he escrito- y lo he hecho siempre. No sólo porque de eso vivo, sino porque me libera. Para despedir un amor, para comentar un libro que me emocionó, para desahogar mis frustraciones políticas, para comentar lo feliz que me hace una experiencia, para agradecer por las cosas buenas que me pasan. Escriban. Tomen la hoja y solo dejen que las manos y la cabeza hagan su trabajo. No importan los puntos, las comas, las reglas literarias. Escriban. Que la escritura los libere.

Ser consciente de quién sos y lo que has logrado. “No basta con ser el mejor, sino que se sepa”, es una frase del Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, que es algo así como el lema de su fundación, la FNPI. Puede sonar una frase pretenciosa, pero tiene una función muy importante: reconocer hasta dónde has llegado y lo bien que lo has hecho. Yo agradezco porque me he esforzado y gracias a ese esfuerzo me he hecho un nombre, tengo gente que admira mi trabajo y me lo dice. Escribo para el mejor diario del mundo publicado en español, soy editor de la mejor revista de análisis de Nicaragua, mis reportajes han sido reconocidos a nivel nacional e internacional, han aparecido en importantes antologías que reúnen lo mejor del periodismo, publicadas en español, en inglés, en alemán. He sido nombrado uno de los Nuevos cronistas de Indias, he viajado para cubrir grandes eventos internacionales, los grandes maestros de esta profesión que amo me han dado su cariño y su espaldarazo. Viéndolo en perspectiva, no lo he hecho tan mal. Soy alguien. Y ese esfuerzo hay que reconocerlo, agradecerlo y estar feliz por ello. Gracias a la vida, que me ha dado tanto.

Estas sano, ¡qué bueno! Sí, la depresión es una enfermedad, pero después de ella tu cuerpo, tan hermoso, funciona a la perfección. Me veo en el espejo y veo mis manos y piernas sanas, con las que corro por la playa. No sufro de enfermedad incurable ni tengo males físicos que me angustien. He aprendido a ver mi cara, mis ojos verdes y mi piel blanca, regalos de mi madre, mi barbilla, mi frente amplia, el pelo castaño… Lo que antes me parecía feo ahora he aprendido a verlo con otros ojos. Y siento que no está mal. Hay que coquetearse.

Vas a caer, pero saldrás adelante. Hay días en los que la nostalgia ataca. Y llega la angustia. Y no paras de pensar y el mundo se te nubla. Es normal. Estas en un proceso. Pero debés saber que vas a salir adelante. Que el presente es hermoso por todo lo que tenés y que ya vendrá un futuro sin tanto dolor. ¡Qué maravilla pensar en la gente que vendrá a tu vida, los viajes que harás, los libros que leerás, los amores que tocarán a tu puerta! No hay que desesperarse… La vida es un ratico y poco a poco, con ayuda de los demás, aprenderás a vivirla. Este es un hermoso viaje. Y no viajás solo.

(Mi agradecimiento enorme a Arlen, Sofía, Alex, René y a quienes me han escuchado y me ayudan. Les debo una caja de chocolates)

La Curacao y la cocina que no llegó

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El pasado 3 de marzo visité la tienda La Curacao localizada en el Centro Comercial Managua para comprar una cocina. Después de ver varios modelos me decanté por una con el código EMG6130GIS0, que compré a un pago de contado de 7,699 córdobas. La dependienta de la tienda, una joven sencilla y muy amable, me dijo que la cocina no podía entregármela el mismo día, pero que estaría en mi casa a partir de las 12:00 A.M. del día siguiente. Hasta ahí se había cerrado de forma satisfactoria una transacción comercial, como las millones que ocurren alrededor del mundo en los países capitalistas: voy a una tienda, elijo un producto que me satisfaga y, tratando de ser paciente, acepto el hecho de que lo tendré en mi casa 24 horas después.

El día 4 salí de mi trabajo poco antes del mediodía para esperar la cocina y su instalación. Una hora después el producto no había llegado, por lo que llamé a la dependiente sencilla y amable para preguntarle si había algún problema. Me respondió que los repartidores estaban “en la ruta” y que pronto llegarían a mi casa. Una hora después la concina todavía no llegaba, por lo que volví a insistir con la dependienta. Me dijo que se comunicaría con los repartidores y que me llamaría. Minutos después, como no lo hizo, volví a llamar, pero esta vez la respuesta fue que “se le cortó la llamada” cuando intentaba comunicarse con ellos, pero que intentaría de nuevo. Pasaron unos cinco minutos y marqué nuevamente. La vendedora me dijo que los repartidores estaban cerca de mi casa y que “ya” entregarían la cocina. No fue así. Perdí dos horas y media de trabajo esperando la cocina que hacía 24 horas había comprado de contado. Le dije que debía regresar a mi trabajo, pero que por favor garantizara que me la entregaran al final del día, lo que tampoco sucedió. Esperé durante una hora en casa a que llegara. Entonces marqué nuevamente y lo que sucedió fue inaudito, el mejor ejemplo de la ineficiencia con la que el sector privado trabaja en Nicaragua, además de una indolencia sobre los derechos del consumidor.

Le dije a la vendedora que ya habían pasado más de 24 horas desde la compra y que ellos no habían cumplido. Le pedí que me comunicara con su superiora, porque quería hacer un reclamo formal. La pobre muchacha, con voz temblorosa, se acercó, sin dejar el teléfono, a su superiora y tuve la mala pasada de escuchar a esta mujer maltratando a su subordinada y asegurándole que no quería hablar conmigo. Me enfurecí. Fui hasta la tienda La Curacao en el Centro Comercial Managua y exigí que, o me entregaban la cocina o me devolvían mi dinero. Pasé de persona en persona buscando una respuesta, todas incapaces de responder a la demanda de un cliente insatisfecho. Entonces pedí hablar con la gerente, pero nadie se atrevía a comunicarme con ella, por lo que pregunté cuál era su oficina. Entré y encontré a una mujer joven que arreglaba su cartera a punto de dejar su día laboral. Le expliqué mi situación y le dije que me diera una respuesta. La mujer, mientras se arreglaba las uñas, me dijo que la cocina iba ser entregada al día siguiente ¡48 horas después de la compra! Y que si quería mi dinero, debería esperar ¡siete días! por transacciones bancarias. Le reclamé que estaban violando un acuerdo comercial, que me sentía un cliente pisoteado por la ineficiencia de una empresa que se vende como seria, y humillado por la actitud de una mujer que, fuera de mostrar cordialidad e interés por resolver un problema que afectaría la imagen del lugar en el que trabaja, se mostraba indiferente y hasta altanera. Y mientras yo le explicaba que no podía dejar pasar lo que consideraba un atropello, esta joven contestaba una llamada por su celular y se puso a conversar con su interlocutor. ¡Deja a un cliente sin respuesta! ¡Inaudito! Le dije que exigía una respuesta inmediata o de lo contrario haría una denuncia frente al organismo que defiende los derechos de los consumidores. “Haga lo que quiera”, fue su respuesta. Como amenacé con no irme de su oficina ya por una postura más política –no dejar pasar un atropello como ese para que no se repita– bajo un poco el tono y explicó que pagaría un transporte “especial” para que llevaran la cocina, pero que se lo cobraría a su subordinada, a la que le echaba la culpa de lo sucedido. La gerente de una empresa comercial, incapaz de solucionar una crisis, escondía su ineficiencia detrás de una pobre empleada. ¿Cómo pueden contratar a esta gente en empresas como La Caracao? ¿Cómo puede ser que no estén capacitados para responder a las demandas insatisfechas de sus clientes? ¿O es que la gente en este país está acostumbrada a que la pisoteen?

Estoy cansado de estos atropellos. En Nicaragua el cliente nunca tiene la razón. Las empresas, con una gran sonrisa, esperan tu dinero, pero si el cliente denuncia insatisfacción por el producto o el servicio, se enfrenta a un calvario, por lo que muchos desisten, se quedan callados. ¿Cómo puede desarrollarse un país de esta manera? ¿Cómo puede ser que el sector privado funciona de la misma forma lenta, perezosa, chambona e incapaz como el sector público? ¿Y quién me da respuesta?

Ni siquiera pedir una explicación a través de las redes sociales sirvió. Los que atienden ahí dijeron que “uno de nuestros ejecutivos se estará comunicando con usted” y cerraron con un descarado “estamos para servirle”, pero la llamada no se dio. Y ni intente llamar al número de atención al cliente de la Guía, porque allá nadie contesta. Nadie responde. Nadie en La Curacao es capaz de decir por qué, más de 24 horas después de pagada al contado una cocina, ésta todavía no está en mi casa.

¡Salud por el periodista que incomoda al poder!

Salud por el periodista que incomoda al poder, por el periodista irreverente, por el reportero valiente y comprometido. Salud por el periodista que no para de preguntar. Salud por el periodista minucioso, el que corrobora, el que no descansa hasta confirmar el dato preciso. Salud por el periodista que se indigna, que denuncia, que ve en el periodismo una herramienta de lucha contra las injusticias. Salud por el periodista culto, que no se cansa de aprender, que nunca deja de leer, que se quiere comer el mundo. Salud por el periodista incansable, que siempre está detrás de una historia, que no para de escribir. Salud por el periodista ambicioso, el que aspira siempre a contar la mejor historia, y que pelea con sus editores para tener el espacio que esa historia se merece: la portada, con su firma impresa en tinta o en caracteres digitales. Salud por el periodista humano, que sabe que se debe a la gente, porque periodista es gente que le dice a la gente lo que pasa a la gente. Salud por el periodista que se ríe de los poderosos, y aprende de paso a reírse de sí mismo. Salud por el periodista hambriento, que al descubrir una historia la convierte en “su” historia y no la suelta, como los perros nunca sueltan al hueso cuando lo encuentran. Salud por el periodista que se va de copas para celebrar ese pequeño triunfo: la historia publicada después de tantos esfuerzos y obstáculos. Salud por el periodista que rechaza el periodismo aséptico y edulcorante, que tiene alergia de la propaganda y nunca dice que un político o un empresario poderoso es su “amigo”. Salud por el periodista que publica por pasión. Salud por el periodista que no es cínico (porque este oficio no es para los cínicos), y también por el periodista que no esconde una falsa humildad o modestia. Salud por el periodista que no esconde su incapacidad y cobardía tras la patraña de la objetividad. Salud por el periodista honesto. Salud por el periodista que cuida el idioma, porque sabe que este es su “machete”. Salud por el periodista que sabe que en sus manos tiene un arma poderosa (la palabra, la posibilidad de informar) y que la usa para defender lo más preciado que tenemos: la libertad.

“Saudade”

"El grito", de Edvard Munch.

“El grito”, de Edvard Munch.

En portugués hay esta hermosa palabra, “saudade”, de difícil definición, pero que es usada para dar nombre a esas sensaciones que causan la nostalgia, la melancolía. Su sonido es lírico, tiene algo de bohemio también, es perfecta para describir ese vacío que invade el pecho de vez en cuando, y que lo produce la falta de un amor, la partida de un familiar, el dolor por lo perdido o el miedo a la soledad. Hoy la pido prestada.

Tarde de domingo. La nostalgia es como tener encima del pecho una docena de pesados ladrillos y alguien encima presionando, presionando hasta intentar ahogarte. Duele. Tu cabeza es un campo de batalla donde los pensamientos te martillean. Estás inmóvil en la cama, angustiado y ansioso. En tu interior se desarrolla una guerra con tus fantasmas. Y te preguntas qué es. ¿Miedo a la soledad? ¿Por qué esta tristeza? Comienza al abrir los ojos. Es peor que un dolor de cabeza, que un mal físico, que una resaca histórica. Inmediatamente que te despertás sentís que ese vacío se apodera de vos. Extrañas algo. Pensás en lo que se fue. Te sentís solo. Tenés miedo a la vida, a salir, porque te sentís perdido. En la medida que el día va pasando esos fantasmas van nublando tu cabeza y la rutina diaria –el café, el diario, preparar la comida del perro, leer– se convierten en pesadas tareas difíciles de cumplir. Te ahogas. Y frente a las voces que atormentan tu cabeza, está el vacío, la nostalgia y la melancolía. Esas ganas de gritar para escapar. Dentro hay un oscuro horrible, un peso demasiado fuerte que te hunde. Tu cabeza no para con el flujo de ideas que la arañan, que te llevan a un abismo del que estas a punto de tirarte, aunque no sabés qué pasará al caer. Pensás en la idea de desaparecer. De acostarte y meterte entre las sábana y ponerte en posición fetal y que a tu lado la vida pase y no te haga sufrir. ¿Sos feliz? No lo sabés. Crees que no, aunque tengás motivos para serlo. Pero culpas a la vida por una felicidad que está en tu cabeza y no consigues asir.

Los anglo parlantes traducen la palabra “saudade” como “a feeling of longing, melancholy, or nostalgia that is supposedly characteristic of the Portuguese or Brazilian temperament”. La he escuchado en muchísimas canciones. La mayoría hacen referencia a un sentimiento de pérdida por el amor que se fue. A mí me gusta muchísimo esta palabra. No soy un filólogo, aunque el sentido de las palabras me interesa mucho. Pero la palabra, su imposibilidad de definición, me parece perfecta para nombrar esta nube que me abraza de vez en cuando, que se presenta en mi vida con una potencia de trueno, inesperada como un terremoto, avasalladora como un régimen militar. Han tratado de ponerle un nombre: “Síndrome ansioso depresivo”, pero eso no funciona, mi cabeza no lo entiende. Es nostalgia, es vacío, es angustia, es melancolía, es miedo, es dolor, es tristeza. No es algo que se pueda definir en el frío sofá de una aséptica clínica, ni con términos médicos. Y a falta de una definición para englobar el tropel de sentimientos, de sensaciones, que me atropellan con fuerza de invasores de vez en cuando, cometo el error de pedir prestada la palabra perfecta, esa que a falta de una traducción exacta, y gracias a su belleza y su lirismo, pronuncio cada mañana de domingo cuando los fantasmas me levantan. “Saudade”.

Sopita para el alma en San Valentín

I-like-you_3271277Doy un sorbo a mi café antes de comenzar a escribir. El líquido amargo, espeso, resbala por mi garganta y me da una sensación agradable. Cierro los ojos y siento su calor calentándome. Es el día previo a San Valentín y estoy solo con mi perro. Al lado de la computadora tengo Astrid y Veronika (Salamandra), la novela de Linda Olsson. Un libro peculiar. Uno pensaría que se trata de literatura ligera, y sí lo es. Pero no como se entienden las novelas para leer en el metro o las súper ventas románticas. Este libro es distinto. ¿Es cierto eso de que uno llama a la literatura? ¿De que llega a tu vida cuando la necesitás? Al menos yo lo veo así. Para mí la literatura siempre ha sido un refugio. Un mundo en el que me puedo sumergir para olvidar las nimiedades y mediocridades del otro, del “real”. Astrid y Veronika llegó a mi vida en un momento de mucha necesidad. ¿Cómo explicarlo? Haré el intento, hoy que es víspera de San Valentín.

Hace casi un año terminé una relación que duró algo más de tres. Fue una ruptura repentina, atizada por la distancia. Unos meses antes quien era mi paraje se fue muy lejos y, aunque de forma infantil pensé que la distancia no sería un obstáculo, es obvio que me equivoqué. El día que lo vi partir era una fresca mañana de enero, con un cielo claro lleno de resplandores tropicales. Era como el día perfecto para meterse en las frescas aguas de las playas de Rivas, en las costas del Pacífico sur de Nicaragua, y no de estar allí, en esa fría sala del Aeropuerto, diciendo adiós, con un sinfín de emociones apoderándose de mi. Mientras los minutos pasaban y las voces que anunciaban vuelos que salían y llegaban me martilleaban la cabeza, veía que el mundo se me volvía pies arriba. Las preguntas se atropellaban en mi cabeza. ¿Es el fin? ¿Ahora qué? ¿Cómo podré meterme solo en ese apartamento? ¿Qué pasará los fines de semana? ¿Qué haré en las noches, cenando solo? ¿Y cuando haga la compra, cómo sobreviviré? Me eché a llorar. Me había jurado que no lo haría, pero no pude cumplir ese juramento. La despedida fue dura. Mucho. El dolor en el pecho, la dificultad para respirar, ese vacío abierto en mi estómago. Algo en mí, muy adentro, me decía que llegaba al final de una etapa en mi vida. Era una pérdida. Y las pérdidas duelen. Cuando perdés algo que amás se llora. Y punto.

Meses más tarde, a pesar de los esfuerzos, llegó la convicción de que todo había terminado. Me subí entonces en una nube de dudas, de esperanzas y de desilusiones. Pero sobre todo de incertidumbre. De miedo hacia la vida. Miedo a no recuperar lo que se fue. Miedo a nuevas pérdidas. Y entonces, tras un año de lo que yo llamaría “duelo” por lo perdido (no sólo me refiero a él, si no a lo que se fue con él: la playa solo para los dos bajo un cielo limpio de nubes, cargado de brillantes estrellas; las noches acurrucados en el sofá, con el viento soplando la terraza, con la dulzura púrpura del vino y la plática y la música; las mañanas cuando al despertarse gritaba mi nombre, buscándome, e iba y me echaba a su lado y lo abrazaba; los momentos en la cocina, viéndolo preparar la cena; los minutos cuando lo observaba arreglándose antes del trabajo, la parsimonia con que lo hacía, su pecho limpio recibiendo la fragancia del perfume; su cuello que olisqueaba en las tardes, reconociendo su olor; sus llamadas a mitad de la mañana, su voz serena preguntándome qué tal; los libros comentados entre sorbos de gin tonic; las discusiones sobre política; el mundo de placeres que compartimos juntos; la certeza de que el amor jamás se acabaría…) llegó este libro a mi vida. Desde que lo abrí y leí los primeros párrafos supe que sería un libro importante. Es sobre la pérdida, sobre el amor, sobre la soledad, sobre el encuentro de la amistad, sobre el sentido de la vida, sobre la felicidad.

Veronika perdió a su novio, al que amaba. Se ahogó un día en el que ambos habían decidido pasar en la playa. Fue en Nueva Zelanda. Entonces ella regresó a Suecia y decidió recluirse del mundo en el norte, en un pueblo de rojo ladrillo, gris, con el humo de las chimeneas de las casas cerradas como único signo de vida. En una casa de madera a las afueras de ese pueblo, sola, frente a un campo nevado, rodeada de un bosque, decidió que era el lugar perfecto para gemir su dolor. Pero no contaba con una jugada de la vida. A la par otra casa, más fría, más sola, más vieja que la suya. En ella habitaba Astrid, una anciana solitaria, amante de la oscuridad, de quien no se sabía nada, a quien el pueblo apodaba “la bruja”. Ambas mujeres se encontraron en su soledad. Se hicieron amigas. Y descubrieron que la vida no es tan pesada como parece. Comenzaron un viaje de búsqueda, de entender la soledad. En largas jornadas cenando, largos paseos por el bosque, pláticas en el porche de la casa de la anciana, ambas compartían sus dolores. El novio muerto, el vacío, la incertidumbre; la hija que Astrid tuvo que sacrificar para que no sufriera como ella lo había hecho, el peso de una vida en reclusión. “Me ayudaste a ver que esas penas también eran amor, risa y alegría, que debemos aceptarlas de buen grado y que nos acompañarán para siempre”, le dice Veronika a una anciana, Astrid, ya ausente, mientras lee la última carta que le escribió. Y en esa carta Astrid le dice:

“El amor nos llega sin avisar, y una vez se nos entrega nunca pueden arrebatárnoslo. Debemos recordarlo. Jamás puede perderse. El amor no puede medirse. No puede contarse en años, minutos o segundos, ni en kilos o gramos. Ni puede cuantificarse de ninguna manera. Tampoco puede compararse un amor con otro. Sencillamente existe. Hasta el roce más sutil y fugaz con el amor verdadero puede bastarte toda una vida. Debemos recordarlo siempre… ¡Vive, Veronika! ¡Arriésgate! Eso es lo que significa la vida en realidad. Debemos buscar la felicidad. Nadie ha vivido nuestra vida; no existen pautas. Confía en tu instinto. Acepta sólo lo mejor. Pero debes buscar con cuidado. No permitas que se te escurra entre los dedos. A veces las cosas buenas llegan a nosotros sin hacerse notar. Y no hay nada que nos llegue completo. El resultado vendrá determinado por lo que hagamos con aquello que encontremos. Lo que elijamos ver, lo que elijamos conservar. Y también lo que elijamos recordar. Nunca olvides que todo el amor de tu vida está dentro de ti, y siempre lo estará. Nunca podrán quitártelo”.

Mientras leía las historias de Astrid y Veronika siempre sentía una especie de alivio. Hay momentos en la vida en los que los humanos nos sentimos perdidos. Cuando uno se enfrenta a una ruptura –en este caso romántica, aunque también puede tratarse de la muerte de un ser amado, de una mascota, de la pérdida del trabajo, de una desilusión profesional–, buscás soluciones dramáticas: algún psicólogo, calmantes, antidepresivos, citas por Grindr, Tinder, exponer tu miseria en Facebook, arruinar la vida de tus amigos contándoles una y otra vez lo desgraciado que sos, alejarte del mundo, comer todo lo que no comerías normalmente, pelearte con la gente porque ellos son felices, sexo fugaz bajo la filosofía de que un clavo saca a otro, mentiras a uno mismo, engaños a otros, alcohol… Porque sí te sentís miserable, porque te enfrentas a un difícil proceso: rabia, angustia, ansiedad, vacío, miedo. Unos lo manejan mejor que otros, pero a todos nos duele. Esos sentimientos se apoderan de vos y sosegarlos, aquietar esos demonios, es un trabajo difícil. Porque la vida es difícil. A nadie le dan indicaciones de cómo vivir. Lo hacemos por instinto, creo. Y lo hacemos lo mejor que podemos, creo.  Uno sería capaz de comprar mañana mismo un pasaje al otro lado del mundo para ir detrás de quien se fue. Pero eso es ser egoísta. Y es sufrir en vano. La literatura nos enseña un camino, si nos entregamos sinceramente a ella, abiertos a sentir lo que nos regala. Tanta tinta impresa con historias que otros han sufrido, o tal vez solo imaginado, pero que nos ayudan a entender que este es un viaje hermoso y que a pesar de todo lo sufrido está el hecho de que podés confesar que lo has vivido. El tiempo lo cura todo, sí. Tal vez pasarán varios meses, un par de años, pero la herida se cierra. ¡Qué el tiempo lo diga! Pero hay que ayudarlo. Hay que aceptar el hecho de estar solo. Hay que dar paseos solo. Hay que alejarse. Hay que centrarse en lo que te gusta. Hay que pensar que compartir cosas es lindo, pero saber también que ahora tenés el tiempo y el espacio para hacer todo aquello que te gusta. Hay que abrirse a la amistad con gente extraña. Hay que planificar viajes. Hay que preparar una cena para uno, con una sola copa en la mesa, pero disfrutar con intensidad la dulzura púrpura del vino. Hay que sentirse hermoso y presentarse al mundo con ese sentimiento. Flirtear con la vida, conocer gente, hasta que la historia comience de nuevo y uno se sienta fortalecido para seguir y para querer. Porque querer lame las heridas que ha dejado el vacío. Astrid y Veronika lo comprendieron. Y mientras las leía, lo entendí. Gracias, Linda Olsson, por este libro. Ha sido como sopita para el alma.

¿Por qué no responde a la tragedia de IRC, Comandante Ortega?

Cortejo fúnebre en Chichigalpa, Nicaragua, de un hombre fallecido por Insuficiencia Renal Cr{onica. Foto: Carlos Herrera.

Cortejo fúnebre en Chichigalpa, Nicaragua, de un hombre fallecido por Insuficiencia Renal Cr{onica. Foto: Carlos Herrera.

La más reciente investigación publicada por la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston es la última alerta que el Gobierno de Nicaragua debería escuchar para hacer frente de una vez, y con firmeza, a la mortal epidemia de Insuficiencia Renal Crónica (IRC) que se ha cebado con la vida de más de tres mil personas en el Occidente del país, concretamente en el municipio de Chichigalpa.

Este estudio, por primera vez, establece un vínculo entre la extenuante labor en las plantaciones, las duras condiciones de trabajo, y la disminución en la función normal del riñón entre los obreros que bregan largas jornadas durante el corte de la caña. Hasta ahora esta era una de las hipótesis manejadas por los investigadores, pero no había sido probada. El resultado del estudio –publicado en inglés en la Revista Internacional de Salud Ocupacional y Ambiental– le da parte de la razón a los miles de ex trabajadores de la caña y de los familiares de quienes han muerto por esta enfermedad en Occidente, que desde hace años reclaman la atención de las autoridades y culpan a los ingenios por las pésimas condiciones de trabajo a las que los lanzan durante la temporada de cosecha de la caña. Y que ellos aceptan por estar condenados por la necesidad de un trabajo, de alimentar a sus familias.

Ahora ellos tienen un instrumento científico para argumentar ante el Ejecutivo de Daniel Ortega, que les ha dado la espalda. O peor, que ha respondido a sus justas demandas con plomo, tal y como sucedió en enero de 2014, cuando la Policía Nacional reprimió con dureza una protesta que ex cortadores de caña mantenían en la entrada del Ingenio San Antonio, el mayor productor de azúcar del Occidente de Nicaragua. En esa represión murió Juan de Dios Cortés, de 48 años. En esa represión resultó herido con una bala en la cabeza el niño José Ignacio Balladares Méndez, Nachito, de 14 años, que ahora ha quedado en silla de ruedas, sin poder hablar y con espantosos dolores que no lo dejan descansar.

Es obligación de un gobierno garantizar el bienestar de su gente, y más si ese gobierno se autodenomina “solidario”. El Estado no puede renunciar, frente a poderosos intereses de grandes grupos económicos, a exigir a las empresas que garanticen las condiciones humanas básicas para sus trabajadores. Mientras el comandante Ortega se tomaba fotos en Managua con los representantes del gran capital, entre ellos el patriarca del Grupo Pellas, Carlos Pellas, mientras sellaba el pacto entre ese gran capital y su gobierno “cristiano, socialista y solidario”, en Chichigalpa los hombres seguían muriendo, el cementerio local se llenaba de cadáveres, hombres jóvenes muertos a falta de un riñón. Yo mismo los vi dar sus últimos estertores. Yo vi cómo sus mujeres –indefensas, vulnerables, abandonadas– lloraban sobre sus cadáveres. Yo vi como sus huérfanos temblaban sin entender qué es lo que pasaba. Escuché sus historias desesperadas, su afán de buscar una salida para detener a la muerte, su valentía, las ganas de luchar por lo que consideran justo. Presencié a unas autoridades desconcertadas ante tremenda tragedia, el alcalde del Frente Sandinista en Chichigalpa que, con toda honestidad me dijo que lo único que puede hacer es repartir ataúdes para los fallecidos.

Los resultados de este estudio deben llevar al Gobierno a serias inspecciones en las plantaciones de caña, en las instalaciones de los ingenios azucareros, y exigir a sus dueños que cumplan con la implementación de los derechos de los trabajadores, pero también establecer responsabilidades si no se han cumplido esos derechos. Son más de tres mil muertos por IRC, la mayoría de ellos hombres, muchísimos jóvenes. Hasta ahora Daniel Ortega, su esposa, y su Gabinete se han mostrado indolentes y las autoridades sanitarias han manejado de forma ineficiente este problema. Lo único que he obtenido de ellos es un escandaloso silencio. ¿Qué más esperan para actuar? ¿Cuántos hombres deberían seguir muriendo? ¿Por qué no responde a esta tragedia, Comandante Ortega?

Una voz urgente y necesaria

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

El poeta Ernesto Cardenal según el ilustrador Pedro X. Molina.

Tiempo, yo te odio. Aunque sin ti no existiera

El anciano encorvado traspasa la puerta de la pequeña iglesia arrastrando los pies. Se sostiene de un bastón para no caer. Su cabello, milagrosamente largo, es tan blanco como el algodón, como el blanco de la camiseta que viste, como el de las nubes que dibujan formas caprichosas en el lienzo azul del cielo tropical. Esta vez esa cabellera no está cubierta por la tradicional boina negra, sino por una gorra blanca que muestra en letras azules la palabra “Nicaragua”. Camina despacio el anciano, raas, raas, suenan sus sandalias al raspar el piso. La iglesia está llena, pero cuando él entra sólo se escucha el silencio. Aquí no hay santos, ni vírgenes, ni cristos crucificados. Pero sí una explosión de color: pescaditos verdes, azules, rojos, amarillos, un cardumen que cubre las paredes del pequeño templo de Solentiname. El poeta y sacerdote se sienta en una esquina del entarimado de la iglesia. No ocupa el centro, como se esperaría. Nada de solemnidades. Y desde esa esquina, con el bastón descansado a un lado, agradece que tanta gente llegue a verlo. Franceses, finlandeses, españoles, japoneses, nicaragüenses. Todos peregrinaron para estar cerca de él, para escucharlo como se escucha a un sabio. Como si fuera un profeta. Y el anciano ríe, muestra sus dientes, y se oye un murmullo que dice: “el poeta no es tan serio como parece”. Ernesto Cardenal abre El evangelio de Solentiname y la misa de Semana Santa comienza con el coro del oleaje del Gran Lago de fondo, con el canto de los pájaros del archipiélago, con el run, run, run de las hojas de los árboles que se baten bajo el intenso sol del trópico.

Ernesto Cardenal cumplió el martes 90 años. Y a pesar del peso del cuerpo que se empequeñece por el duro paso del tiempo, la figura de Cardenal crece, su fama traspasa esa pequeña comunidad de Solentiname que él hizo mundialmente reconocida tanto que es un punto de peregrinación de quienes admiran su poesía, su compromiso político, su voz de resistencia y las mismas fronteras de este país que lo ha inspirado, y por cuya libertad ha luchado desde la trinchera de la literatura. El año pasado recibió en España el Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, uno de los más prestigiosos galardones en la literatura de habla hispana. Ernesto Cardenal cumple 90 años a su manera, bajo protesta. “Es muy desagradable tener esta edad. ¡A nadie se lo deseo!”, dice. Y su resistencia al paso del tiempo que odia la muestra trabajando, viajando a Europa, pronunciándose sobre la actualidad de un mundo que día a día lo sigue horrorizando, causando polémica por sus posiciones radicales: De su pluma siguen saliendo duras críticas, contra el Vaticano, contra el régimen de Daniel Ortega en una Nicaragua que, seguramente para su tristeza, vuelve a cometer los errores del pasado.

Cardneal es un poeta comprometido, como lo ha demostrado en su extensa obra, como los “Salmos”, hermosísimos poemas que descubren el profundo amor cristiano del poeta, sus compromiso con la fe, pero también con la obligación de pronunciarse contra las injusticias y la opresión. Son, en cierta forma, también poemas irreverentes y revolucionarios, que representan la reescritura que ha hecho Cardenal de los salmos bíblicos, su propia interpretación de ellos, un lamento lírico contra la maldad que somos capaces de crear los seres humanos:

Dios mío Dios mío ¿por qué me has abandonado?
Soy una caricatura de hombre
el desprecio del pueblo
Se burlan de mí en todos los periódicos
Me rodean los tanques blindados
estoy apuntado por las ametralladoras
y cercado de alambradas
las alambradas electrizadas
Todo el día me pasan lista
Me tatuaron un número
Me han fotografiado entre las alambradas
y se pueden contar como en una radiografía todos mis huesos
Me han quitado toda identificación
Me han llevado desnudo a la cámara de gas
y se repartieron mis ropas y mis zapatos

Cardenal sigue yendo a Solentiname, su refugio tropical, donde cuenta con una rústica cabaña humildemente amoblada, levantada en la cima de una colina, con una vista hermosa hacia un paisaje tropical de cielo azul, aguas verdosas y pájaros de colores. Ahí lee las obras completas de Rubén Darío. Sigue dirigiendo la misa de su Evangelio. E inspirándose para producir la poesía y la literatura que lo han inscrito como uno de los grandes poetas de la América que habla español. Una voz urgente y necesaria, la voz moral de un país que no rompe con los errores de su historia.

(Fragmento del reportaje “El poeta innovador”, publicado en la revista Confidencial, de Managua).